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El peso insoportable
de la ilusión

El debut contra Estados Unidos dolió. No fue solo un 4-1; fue el golpe seco de una realidad que no esperábamos.

Después de 16 años de frustraciones, de ver los mundiales por televisión y de masticar desilusiones, volvíamos al lugar que nos hace soñar. El consenso era general: no seremos los más líricos, pero con la garra guaraní nos iba a alcanzar para pelear.

Pero el partido inaugural nos devolvió una imagen desgarradora: jugadores con la cabeza gacha, manos en la cintura y un esfuerzo que parecía estéril ante un rival que avanzaba con una facilidad pasmosa.

¿Qué les pasó? La respuesta no habla solo de ellos, ni solo de fútbol. Habla de lo que nos pasa a todos cuando lo que está en juego nos importa demasiado.

Jugadores de la Albirroja con la cabeza gacha tras la derrota ante Estados Unidos en el Mundial
La ilusión es hermosa para quien la siente. Pero puede ser insoportable para quien tiene que sostenerla.

El ahogo de la emoción

Un Mundial no es un partido más. Es pararte en el único punto del mapa donde todo el planeta tiene la mirada fija.

Imaginá el peso en la cabeza de esos jugadores: la promesa de devolvernos la gloria de Sudáfrica 2010, el recuerdo de sus propias infancias viendo a sus ídolos, y las valijas cargadas con la ansiedad de millones de paraguayos.

Esa presión te saca el aire antes de entrar a la cancha. Y cuando la emoción te ahoga por dentro, ocurre un fenómeno invisible pero devastador: la acción se vuelve demasiado consciente. Empezás a pensar mecánicamente lo que antes hacías en automático.

Conectados a la emoción extrema de lo que significa ganar y lo que significa perder, ya no elegimos el camino que nos da más chances de éxito; elegimos el camino que minimiza la posibilidad de fallar y quedar expuestos.

Parecen caminos similares, pero llevan a lugares opuestos. Uno te hace pedir la pelota; el otro te hace esconderte para no errar.

Pedir la pelota y soltar

Esto no es solo la historia de la Albirroja, es la tuya y la mía.

Es lo que te pasa cuando fallás en esa presentación que ensayaste cincuenta veces. Es cuando vas a hablar de algo crucial y la voz se te quiebra.

No es falta de preparación, ni falta de actitud. Es que te importa tanto que pensás de más, controlás de más, y apretás donde tendrías que soltar.

El verdadero rival no era Estados Unidos. Éramos nosotros mirándonos al espejo con miedo a repetir los fracasos de los últimos tres mundiales. Un dejavú odioso.

Y acá es donde quiero que te detengas conmigo. Tras la goleada, el impulso natural es abandonar el sueño. Tirar 16 años de búsqueda a la basura porque la primera noche salió mal.

Pero, ¿cuántas veces en la vida nos bajamos de la carrera estando a una sola noche, a un solo partido, de conseguirlo?

Menos consuelo, más claridad

Hoy toca apoyar al equipo, pero no desde el consuelo barato.

Ese consuelo te dice: "No pasa nada, estuvimos bien igual". El consuelo busca protegernos a nosotros mismos de la incomodidad de enfrentar una verdad difícil. Aliviana la culpa, pero te deja igual.

El apoyo real, en cambio, te devuelve la responsabilidad. Te dice: "Sí pasa, dolió, pero tienen la capacidad de resolverlo". El apoyo real te hace más fuerte de lo que entraste.

Para los dos partidos que quedan, el equipo no necesita una sobrecarga motivacional ni más discursos al borde del llanto. Cuando un motor ya está al límite, intentar encenderlo más solo lo funde.

No necesitan más emoción; necesitan más claridad. Necesitan bajar los decibeles de la ansiedad para que toda esa energía acumulada pueda fluir en la cancha de manera inteligente.

Necesitamos que se animen a tomar la responsabilidad. A soltar justo cuando la emoción cierra la garganta. Porque las mejores jugadas de un Mundial no las hizo alguien tratando de hacer historia. Las hizo alguien que, por un segundo, se olvidó de todo lo que estaba en juego.

La pregunta para la selección —y para nosotros— no es cómo jugamos el próximo partido. La pregunta es cómo nos animamos a pedir la pelota.

Porque las mejores historias rara vez pertenecen a quienes nunca se equivocaron.

Pertenecen a quienes tuvieron el coraje de volver a intentarlo cuando el resultado ya les dijo que no.

Todavía quedan dos noches.

Como dijo el Profe Alfaro: "El Mundial empezó hoy, no terminó hoy".
Diego Centurión Campeón Mundial de Natación Master · Buscador de Imposibles
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