Argentina le ganó a Inglaterra en la semifinal del Mundial.
No vi un equipo con más talento que el otro.
Vi un equipo mucho más seguro de lo que quería conseguir.
Esa seguridad no los hizo jugar mejor.
Esa seguridad los hizo animarse a jugar como realmente saben.
Lo que incomoda no es verlos ganar. Lo que incomoda es comprobar que hay una forma distinta de hacer las cosas.
La incomodidad que muchos sintieron
Y creo que fue justamente eso lo que hizo sentir a muchos paraguayos algo difícil de explicar.
Algunos admiración.
Otros bronca.
Otros prefirieron cambiar de canal.
Pero muy pocos estaban realmente molestos con el logro argentino.
Lo que en realidad incomodaba era otra cosa: darnos cuenta de que existe gente que sí está logrando aquello que nosotros también queremos.
La valentía que le pedimos a otros
Durante el Mundial les pedíamos a nuestros jugadores una sola cosa.
Que se animaran.
Que dejaran de mirar el nombre del rival.
Que jugaran convencidos de que podían ganar.
No les exigíamos milagros. Les exigíamos creer.
Y cuando los veíamos plantarse de igual a igual, todo un país volvía a ilusionarse.
Pero el partido terminó.
Y la vida siguió exactamente donde estaba.
La misma valentía que le reclamamos a once jugadores… ¿por qué la evitamos en nuestra propia vida?
Preferimos parecer sensatos antes que ambiciosos
Nos cuesta hablar de nuestros sueños antes de haberlos conseguido.
Nos cuesta decir "voy a lograrlo" sin sentir que estamos exagerando.
Preferimos parecer sensatos antes que parecer ambiciosos.
Nos convencemos de que nuestros límites son realistas.
Que hay lugares a los que simplemente no llegamos.
Mientras tanto, vemos a otros ir detrás de aquello que nosotros también deseamos.
Y en lugar de imitarlos, los juzgamos.
Tal vez por eso nos incomoda tanto ver a un argentino conquistando logros.
Nos cuesta convivir con personas que hablan en grande antes de tener resultados. Nos parecen exageradas. Agrandadas. Hasta soberbias.
Pero muchas veces esa forma de verse a sí mismas termina convirtiéndose en el combustible que las lleva exactamente hasta donde dijeron que iban a llegar.
No porque se crean más.
Sino porque se permitieron creer primero.
La confianza antes del resultado
No es que Argentina tenga un ADN diferente.
Es que culturalmente naturalizó algo que nosotros todavía discutimos.
Ellos construyen la confianza antes del resultado. Nosotros queremos que el resultado nos regale la confianza.
Y ahí hay una diferencia enorme.
Porque las personas que cambian la historia casi nunca reciben permiso antes de intentarlo.
Primero se animan.
Después aparece la evidencia.
Nos asombramos cuando vemos a otros conquistar aquello que nosotros queremos.
Cuando el verdadero asombro debería ser descubrir por qué no somos nosotros los que lo estamos buscando.
El próximo triunfo empieza en otro lado
No necesitamos copiar su acento.
No necesitamos usar su camiseta.
Ni pensar exactamente como ellos.
Si queremos un Paraguay diferente, no alcanza con pedirles a nuestros representantes que crean más.
Tenemos que empezar nosotros.
Porque un país cambia cuando cambia la historia que sus habitantes se cuentan sobre sí mismos.
Tal vez el próximo gran triunfo paraguayo no empiece en una cancha.
Empiece el día que dejemos de mirar con sorpresa a quienes se animan.
Y empecemos a convertirnos en uno de ellos.
Porque los países gigantes no nacen cuando aparece una generación extraordinaria.
Nacen cuando personas comunes dejan de aceptar como definitivo aquello que siempre les dijeron que era imposible.
Personas comunes, como vos, como yo, como los argentinos.
Solo falta que lo creamos primero.