Hay cosas que hacemos una sola vez.
Y seguimos con nuestra vida sin imaginar que, para otra persona, ese momento no terminó ahí.
Hace algunos años volví a competir en natación después de mucho tiempo.
Al principio, mi propósito era bastante simple: volver a disfrutar del deporte y compartirlo con mi familia.
Pero algo empezó a cambiar.
Personas que entrenaban conmigo comenzaron a recuperar sueños que habían dejado guardados.
Algunos volvieron a competir.
Otros se animaron a plantearse objetivos que creían demasiado grandes.
Y poco a poco entendí que aquello que yo estaba haciendo por mí también estaba provocando algo en otros.
No lo había planificado.
No estaba intentando ser ejemplo de nadie.
Simplemente estaba haciendo.
Y alguien estaba mirando.
Eso también pasa en los equipos.
Un líder puede pensar que solamente está pidiendo algo.
Un compañero puede creer que solamente está dando una mano.
Un entrenador puede sentir que solamente está marcando una indicación.
Pero del otro lado hay alguien que puede estar tomando una decisión a partir de eso.
Puede animarse.
Puede exigirse un poco más.
Puede volver a intentarlo.
Puede empezar a creer que también es capaz.
Y quizás nunca te lo diga.
En eso está lo poderoso.
Tus acciones no terminan cuando las hacés. A veces siguen viviendo en las decisiones de otros.
Porque quizás hoy estás haciendo algo que para vos es apenas una parte de tu camino.
Y para alguien que te está mirando, puede ser el comienzo del suyo.
Nunca sabés qué parte de tu historia alguien va a llevarse para escribir la propia.