Mis amigos quieren que gane.
Mi familia quiere verme bien.
Mi entrenador quiere que mejore.
Se alegran cuando gano, sufren cuando pierdo y muchas veces son los primeros en empujarme cuando las cosas no salen como esperaba.
Y eso vale muchísimo.
Pero yo tengo que quererlo más que nadie.
Porque pueden acompañarme, alentarme, creer en mí, hasta pueden exigirme.
Pero hay algo que nadie puede hacer: quererlo por mí. Y mucho menos hacerlo por mí.
Cuando llega el momento de tirarme al agua, el que se tiene que tirar soy yo.
Cuando llega el momento de entrenar, el que tiene que entrenar soy yo.
Cuando llega el momento de sostener una decisión, el que tiene que sostenerla soy yo.
Los demás pueden estar alrededor, y necesito que estén.
Yo no llegué hasta acá solo. Tengo muy claro cuánto les debo a las personas que estuvieron conmigo durante todos estos años.
Pero el apoyo de los demás no puede reemplazar mi propia decisión.
Hay cosas en mi vida que puedo compartir.
Puedo recibir ayuda.
Puedo pedir consejo.
Puedo apoyarme en otros.
Pero hay algo que nadie puede hacer por mí: quererlo.
Porque cuando realmente quiero algo, no puedo esperar que alguien venga a solucionarlo.
Tengo que hacer mi parte.
Tengo que moverme.
Tengo que hacerlo.
Porque al final, por más personas que tenga a mi lado, nadie puede vivir esa parte de mi historia por mí.
¿Estás esperando que otro quiera por vos?